Brave

Pixar se considera un valor seguro. Si hay ganas de ir al cine, no hay muchos alicientes en la cartelera, y asoma el producto veraniego de turno de la compañía, seguro que es la mejor elección. Es lo que ha constituido su marca de fábrica.

 Pero de un tiempo a esta parte han empezado a sonar señales de alarma. Y las alarmas vienen precisamente de sus más sonados éxitos. Una década en la cumbre es un periodo muy prolongado en este negocio.

 En mi inútil opinión Toy Story 3 ha supuesto la cumbre de la edad de oro de Pixar, ojalá me equivoque. Su obra maestra, incrementada con esa trilogía que constituyen las historias de Buzz y Woody, ha creado escuela y un clásico de la animación. Otras, como Wall-E y Up han dado prestigio a la compañía del flexo, pero a pesar de que la crítica las la han alabado hasta la saciedad, para mi contituyen pelis simplemente buenas con momentos clásicos y excelentes.

 Los primeros 20 minutos de Wall-E vale por todo el metraje, y se deben ver por separado y como auténtico homenaje al cine mudo incluso más que The Artist. Pero el resto no deja de ser una convencional aventurilla con moraleja ecologista. Lo mismo pasa con Up, donde tras un comienzo espectacular, la historia del niño y el anciano discurre por idénticos parámetros a la historia del robot enamorado de Hello Dolly! Eso no quita mérito, pero es que Pixar nos tiene acostumbrado a tan alto rendimiento que todo por debajo de la Matrícula de Honor nos parece poco.

 Las alarmas ya sonaron con Cars justo en el momento más alto del éxito. Un bache. Pero con Cars 2 ya se vio que no todos son infalibles. Ahora llega Brave.

 Si no fuera por la tecnología digital se podría decir que Brave es más un producto Disney que un producto Pixar. Y eso es grave. Tecnología aparte, siempre se ha dicho que el éxito no estaba en la técnica, sino en los guiones de la fábrica de Monstruos S.A., Bichos, o Buscando a Nemo.

 Historieta de chica que no acepta su destino y se revela mediante el uso de la magia para luego tener que deshacer el daño hecho, antes de que pase un plazo, está ya muy visto en los cuentos de hadas, sobre todo modernos (véase la reciente Enredados). No es el estilo innovador que esperamos de los creadores de Los Increíbles. Si encima la historia se decanta más por los detalles infantiles que por los guiños adultos de otras películas, parece que Pixar ha sido absorbida por la convencional Disney hasta en las ideas. Y para rematar, y ya como apreciación particular, el ritmo deja que desear y hay momentos que tenía más ganas de molestar a los vecinos con la luz del móvil que de ver la perfección técnica del diseño del pelo de la protagonista que se empeñaban en mostrarnos una y otra vez.

 Una pena, porque de alguien tan valiente como para crear Ratatouille sólo deseas que siga superándose. Igual me equivoco, y nos vuelve a sorprender pronto con otra obra maestra del ingenio y la innovación, y podré seguir diciendo que hoy en día la animación es el refugio de la imaginación de los guionistas americanos.

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