Las Aventuras de Tintín (El Secreto del Unicornio)

Yo sí era de los que pasé la adolescencia leyendo Las Aventuras de Tintín. Entonces el cómic no era como ahora una cuasi-religión, y se veía como un entretenimiento para niños y adolescentes. Mi mundo gráfico se circunscribía al dueño de Milú y a las aventuras de unos galos que resisten al invasor romano en una aldea de la costa de Armónica, y he de decir que mientras con Astérix las carcajadas se podían oir desde la cocina de mi casa, con Tintín viví mil aventuras a lo largo del mundo, ya que juntaba a tesoros y misterios otras de mis pasiones: mundos exóticos, mapas del mundo y viajes impensables por entonces.

Dicho esto, obviamente iba a ser muy difícil que juzgara con benevolencia la propuesta de Spielberg, sabiendo que iba a hacer más un Indiana Jones animado que un reportero belga acompañado de su compañero borrachín. Si a esto sumamos que las propuestas anteriores de ese sistema de animación rígido e insoportable, que se empeñan en hacer una y otra vez a saber porqué motivo, fueron de lo más ridículas (tipo Beowulf o Cuento de Navidad), la cosa no presagiaba nada bueno y me resistía a ir al cine.  Finalmente accedí, y es que uno sabe reconocer que Spielberg sigue siendo una marca de calidad.

Lo primero que veo: unos títulos de crédito que resumen todos los libros de Hergé, en dibujo tradicional y con una música muy francófona, cincuentera y jazzística. Impresionante. Me encanta el comienzo. Este John Williams sabe cómo no repetirse, al menos al principio, porque luego ya en la película se convierte en la fanfarria más típica de él.

A continuación empieza esa aventura mezcla de El Secreto del Unicornio, El Tesoro de Rackham el Rojo y creo que El Cangrejo de las Pinzas de Oro con guiños a otros tomos. Puro Spielberg: acción trepidante, mucho humor blanco, montañas rusas de momentos imposibles… Bien, la cosa mejor de lo que esperaba. He de reconocer que el dichoso dibujito cumple aquí su misión de no traicionar el recuerdo de los comics pero llevándolo a un mundo más real. Un punto para el invento.

Luego, según avanza la aventura nos damos cuenta, curiosamente, de que los momentos que mejor funcionan son aquellos copiados del cómic (el hidroavión atacando el bote, los dos en medio del desierto) mientras que los que te suenan a invento (la pelea de grúas, perdónenme si me equivoco, que hablo de memoria), chirrían un poco dentro del espíritu de Hergé.

Resumiendo: buen entretenimiento. Un poco infantiloide (los niños que llenaban la sala se lo pasarían pipa), pero deja esa sensación de que tanta preocupación por la perfección del detalle y la técnica ha perdido la frescura y la magia del cine. O será que nos hacemos mayores. Ahh por cierto: el 3D cada día me confirma más que sólo sirve para sacar dinero. No aporta nada a la película y la oscurece terriblemente.

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