El subidón del cine

Ahora que van cambiando los hábitos de ver cine, se van abandonado las salas (algo recurrente desde hace muchas décadas) y se cuestiona la forma de verlo y la influencia de Internet, me viene a la memoria la experiencia “de ver cine” con la que crecí. Lo hice en un mundo donde sólo había una tele y después dos. Sin tanta oferta “que nos iba a traer una variedad y mejores programas” según nos lo vendieron entonces. Las salas era sitios sagrados donde al apagarse la luz todo podía ser posible, y en esas cadenas (la 1 y la 2) era capaz, sobre todo en la segunda, de tragarme un ciclo de Katharine Hepburn seguido de otro de cine negro. Yo tendría 15 años, arriba y abajo, y me descubría un mundo pasado donde la magia de las estrellas y los estudios estaba en su esplendor. Me sentaba por la noche frente al televisor, y bajo el gusto del dueño del aparato, o sea, mi padre, hoy tocaba una de John Ford y mañana una de ciclo de Rita Hayworth (siempre tuve la impresión que mi padre babeaba especialmente con esta señora). Todo esto me dio una cultura cinematográfica especialmente Hollywoodiense, lo que encauzó mis preferencias actuales. Luego, cuando iba al cine, yo sin saberlo, esas experiencias vividas me servían para vivir el momento de otra manera, con valores y referentes de los grandes maestros que crearon el cine, el arte más reciente y también, a este paso, el menos duradero.

Esto viene a cuento porque estaba yo pensando el otro día si aún siento ante una película, o una escena del cine actual, la sensación que recuerdo frente a momentos maravillosos, no necesariamente calificados como los mejores, de aquellas películas que me marcaron. A veces eran obras maestras de siempre (cuando Scout descubre a Bob Ewell en el rincón de la habitación mientras Jem está postrado en la cama), pero otras veces eran momentos más ligeros (la persecución por las cuestas de San Francisco detrás de Howard Bannister y Judy en bicicleta) o más recientes (cuando sonaba puro John Williams ante la aparición de la Estrella de Muerte).

 ¿Cómo describir esa sensación? ¿La experimentarán aún adolescentes ante el insípido para mí mundo onírico newage de Avatar? Se mezclaba algo (¿el éter de los griegos?) entre el estómago y la garganta que provocaba un subidón, a veces efímero, que te dejaba la sensación inserta en el sistema límbico más profundo para toda la vida, asociando esa peli, ese instante, como mágico a pesar de que años después pueda parecerte absurdo, irracional, y hasta ridículo. Si lo has sentido lo entenderás y verás porqué voy al cine buscando esos instantes en cada nueva película.

 Podría ejemplarizarlo con la escena del leopardo de La Fiera de mi Niña, o la Put the Blame on Mame de Gilda, o los títulos de crédito con la caja de recuerdos de Matar a un Ruiseñor, y claro, quedaría muy bien y todos dirían: es que son momentos de la historia del cine. Pero lo que yo expreso va más allá de una genialidad. Es algo irracional. Y por eso recurro a la escena aparentemente menos mágica que se me pasa por la cabeza, y que en su momento me dio ese extraño subidón que provoca mi irracional amor al cine.

Con ustedes: Skid Road de La tienda de los Horrores

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