Contracorriente

¿Una película de amor homosexual en un pueblo de pescadores peruano? ¿Dos protagonistas guapos y estupendos en un pueblo idílico? ¿Una convivencia con playas de ensueño mientras en la puerta de tu casa se mecen las barcas esperando el día de trabajo? Ufff, empieza la película y da pereza: otra ñoñería. Pero si vas al cine sin tener muy claro los giros de Contracorriente, te puedes llevar una grata sorpresa. De momento no empieza con un chico conoce chico, y se produce un acontecimiento que lleva la obra al camino del realismo mágico, donde todos los defectos anteriores cobran hasta cierto punto su justificación.

 

    Porque esta película no va tanto del rechazo de la sociedad a la homosexualidad como del rechazo de uno a sí mismo, y es en este contexto donde encuentra su hueco para salirse de la tanda de pelis autocomplacientes que inundan esos cansinos festivales de cine gay.

 

     Valiente más que nada por poner un pie en la sociedad homófoba latinoamericana, la película hay que verla dentro de su entorno, y a pesar de planteamientos un poco chirriantes, y a ratos algo estirados y mecánicos, cobra un interés como obra valiente.

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