Up in the air

 

Año extraño para el cine competitivo de los oscars. No hay una película que sobresalga a priori como la auténtica favorita, y los nombres bailan según pasa el tiempo. En tierra hostil parece ser una en boca de todos, pero los premios no lo confirman y no deja de ser una peli de guerra pequeña dirigida por una mujer (todo en contra). Avatar ha ido ganando posiciones mal que me pese, pero el ser ya la película más taquillera de la historia le da puntos frente a una industria que no olvidemos no hace sino premiarse a sí misma. Por otro lado, pueden verla como algo comercial fuera de la calidad que quieren premiar. Y la otra en disputa es Up in the air. Ésta sí podría cumplir lo cánones de las premiables: producción de la industria, supuestamente de calidad, con estrella querida en estado de gracia, y un aire de modernidad con fondo conservador. En contra tal vez demasiado cotidiana y un aire de comedia.

 

Yo en realidad he visto dos pelis en Up in the air. Hasta el comienzo de la boda que es puro ritmo, divertida, curiosa, y que plantea el conflicto de diversas posturas. En esta parte Clooney lleva el peso como nadie. Está genial, en un papel que jamás hubieras imaginado se podría haber hecho sin él, salvo si Cary Grant viviera. En otra, a partir de ahí, el ritmo se ralentiza, se vuelve convencional, y cada minuto que pasa se transforma en más ridícula, para llegar a un epílogo digno de María Ortiz guitarra en mano de campamento en un grupo de adolescentes de convivencia católica. Ya sabemos, tras ver Juno, la anterior obra de Jason Reitman (la cual me aburrió tremendamente y jamás entenderé su éxito), que de este director no podemos esperar sino ser el portavoz, vestido de juventud, de la América profunda conservadora defensora de la moral y el orden. Cada uno puede hacer la peli que quiera con el mensaje que quiera, pero:

 

1.- Hubiera estado mejor y más redondo posicionar cada forma de ver la vida y dejar que a cada personaje les lleve donde quiera y pueda.

2.- En caso de tomarse a pecho la necesidad del Reitman de mostrar su catequesis, ya podría hacerlo llevando el ritmo y el tono del resto de la película sin necesidad de caer en el tedio y la cursilería.

 

Una pena, porque hubiera sido una película redonda, que suscitara tema de debate después de salir de la sala de proyección, y abriera de paso las mentes a la posibilidad de otras formas de vida sin rechazar las que cada uno haya elegido. Esto último, por supuesto, es opinión personal, con la que la Conferencia Episcopal, salvaguarda de la verdad absoluta, jamás estaría de acuerdo.

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