Mi nombre es Harvey Milk


 Empieza el show de la temporada. Los mejores estudios sacan sus productos al mercado con vista a la carrera de los Oscars y cada uno va tomando posiciones. Están las grandes producciones que venden prestigio a lo bestia con mucho escenario. Están los que venden interpretaciones intentas en dramones lacrimógenos para lucimiento de la Meryl Streep de ese año. Y luego está, claro, los biopics de ese año que suelen ser para lucimiento de sus protagonistas, donde se comenta lo bien que está caracterizado, como imita el acento y los gestos, e incluso si vivió dos semanas en su casa o así. Y mejor si encima es un biopic sobre un personaje asesinado. Carne de nominación.

 Este año la cosa a empezado fuerte. Biopic, de asesinato, y lo que es peor. ¡¡de un activista gay!! Pero.. ¿donde están los de esos cantantes idolatrados de vida tormentosa? o ¿las madres coraje que desarticulan ellas solas a las malvadas empresas multinacionales que nos matan? Luego se ve que es una película de Gus Van Sant y se explica todo.

Bueno, no me lío que al final hablo de todo menos de cine. El caso es que estas películas son más o menos siempre iguales, no deparan grandes sorpresas, y después del éxito de Brokeback Mountain no era raro se lanzaran a explotar el filon gay. Van Sant no es un oportunista, que bien lleva años haciendo pelis de esta temática, pero sí que lo promocionen a lo grande como para todos los públicos. Un cambio es un cambio. Y el director lo aprovecha bien, haciendo una obra un poco más digerible para todos de lo habitual, pero sin renunciar a su discurso aleccionador.

 El que saca más partido de todo es Penn, un actor grande de los grandes un poco perjudicado siempre por esa manía de outsider que le persigue. Él hace que la película sea creíble, y que te identifiques con el personaje aunque no seas del gremio.

 En resumen, que hay que verla, como reflejo de una época (los 70’s), una forma de malvivir (ser gay en esa época -y lo poco que ha cambiado en algunos aspectos-), un discurso de su director muy respetable, y sobre todo por ver esas señoras de teñidos de peluquería y sus sufridores maridos viendo como dos hombres se comen la boca y luchan por derechos inimaginables en su juventud. Sólo por eso vale la pena ir a verla.

Una curiosidad: ahora que está de moda Barcelona en todo el mundo, y hay que sacarla hasta en la sopa, es simpático ver como se menciona haciendo referencia a un testigo de la primera manifestación gay y lesbiana en junio de 1977 en esta ciudad (esta u otra, porque habla de palos y golpes y no creo hubiera en la primera permitida).

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