La maldición de la flor dorada

 
Zhang Yimou  se ha internacionalizado. Más bien, se ha occidentalizado. Y tres son los puntos que indican este cambio sutil dentro de una película puramente oriental. Primero, la profusión de escotes entre las damas de la corte, resaltando atributos mamarios cuando siempre en las películas orientales se valoraba la discreción y el aspecto casi infantil. Segundo, los gestos exagerados, mímica facial operística frente a la poca expresividad gestual tradicional en el gesto chino, donde se jugaba más con las pasiones contenidas. Y tercero: la ultilización de las imágenes infográficas para crear ejércitos multitudinarios que en momentos nos hace sentirnos dentro de un videojuego.
 
Nada de esto tiene que ser malo o bueno per se. Si lo primero sólo influye en el diseño de vestuario y en la alegria de la vista para algunos, lo segundo si constituye un cambio sustancial del que no tengo claro si los actores salen bien parados. Cierto es que Chow Yun Fat y Gong Li son de lo mejor de la función, sobre todo ella (por dios, que le den más papeles de verdad a su altura para seguir disfrutándola), pero no tengo claro si tanta obviedad en los sentimientos a veces no perjudica unas composiciones que actores de este calibre podrían hacer mas sutilmente. Y a veces el problema no es de la actuación, sino que el director se empeña en alargar el momento hasta hacernos perder el gesto sutil que debería ser efímero. Por último, que decir del uso de muñequitos corriendo por los patios de palacio. Lo peor de la representación. Nos hace sentirnos en un videojuego de orcos, espartanos y troyano que mata toda la magia conseguida durante más de una hora de película.
 
Porque ahí es donde radica lo mejor. Una escenografía, fotografía, vestuario, peluquería y coreografía que eleva la película ante las críticas de los que se quejan de una posible vacuidad. Sólo por ver la ceremonia de toma del medicamento por Gong Li en un pasillo barroco lleno de color vale esta ópera sin cantos. Un palacio barroco que llega hasta agobiar ante la imposibilidad de ver cada detalle. Un vestuario que se mueve como una coreografía en los cuerpos de los actores…. una maravilla.
 
Resumiendo, aunque muchos la criticarán por sus defectos argumentales y de ritmo, a mí me gustó mucho esta película al más puro melodrama oriental, donde la puesta en escena y los actores tapan cualquier crítica, y me hace olvidar dibujitos corriendo por el patio en momentos álgidos. Mucho más que Hero o la Casa de las Dagas Voladoras, cuadros preciosos de color y danza pero vacuos y ya agotados en una moda que crearon Matrix y Tigre y Dragón.
 
 
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