Casi imposible

Hoy en día es prácticamente Casi Imposible que una comedia romántica llegue a los cines y salga airosa por varias razones. La principal es que el cine hoy se divide en superhéroes y películas independientes raras e infumables. Otra razón es que tanto bodrio  en los últimos años ha llevado al género a su agonizante desaparición. Desde lo peor de Jennifer Aniston, que acabó hundiendo el género, hasta otras estrellas  que lo intentaron pero fracasaron (Katherine Heigl, Kate Hudson), el género acabó cayendo en el olvido, o lo que es peor, en la parodia. Hay que reconocer que la culpa no fue todo de las actrices, sino que los malos guiones y peores directores no ayudaron mucho. Desde La boda de mi mejor amigo o Algo pasa con Mary, poca cosa que contar. Tal vez la maravillosa (500) días juntos, pero el siglo XXI había dado ya por muerto al género.

Así que siempre es bienvenido un intento quijotesco de revivir la historia de chica-conoce-chico-pero-es-imposible-pero-se-puede-con-ayuda-de-amigos-frikis. Aunque claro, vivimos en los tiempos de #metoo y ellas no pueden ser solo floreros ni ellos caballeros andantes.

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Casi Imposible es un poco el resultado de su tiempo. Ella es tanto o más importante que él en la trama. Él no la rescata, y además, debe ser tan malhablada como cualquier hombre. Eso sí, sin perder su glamour hollywoodiense.

Pero bueno, para no enrollarnos: que la peli está bien. Es comedia. Te ríes que es el objetivo. Pero lo principal, por lo que funciona, es por la química innegable, y por otra parte en principio inimaginable entre Chalize Theron y Seth Rogen. Ellos llevan el paso y crean momentos estupendos sólo con sus miradas, sus diálogos y su complicidad.

Por el lado negativo es increíble como,  una película que en ocasiones roza el slapstick puede resultar falta de ritmo y lenta. O falla el guión o falla el director. En todo caso es de agradecer, que mientras que otras pelis de su género sufren un grave bajón en el último tercio, fruto del drama, aquí el tono de comedia se mantiene a lo largo de todo el metraje.

En resumen, que el intento de pasar las comedias de Kate Hepburn (La mujer del año, La Costilla de Adán) por el filtro de los hermanos Farelly resulta a medias, y se salva gracias a los maravillosos actores (muy bien secundados, todo hay que decirlo). Un buen intento, no aburre, sales con una sonrisa, pero consciente que en otras manos hubiera sido otra La Fiera de mi niña. No siempre se da en la diana.

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Identidad borrada (Boy Erased)

Aunque el tema era interesante no esperaba la buena película que es. En la temporada de premios pasó desapercibida, aunque había sonado previamente, porque a Hollywood le dió este año porque habia que meter minorias raciales por todos lados aunque las películas fueran truños como Blackphanter. Un tratamiento un poco convencional, pero ni abusa de flashbacks ni pretende hacer virtuosismos con la cámara. Deja el trabajo a los actores que están estupendos, sobre todo Lucas Hedges, aunque cumplen muy bien tanto Nicole Kidman como Russell Crowe. Incluso el director Joel Edgerton está bien en su papel de villano. Tal vez el tono demasiado comprensivo con las posturas imperdonables es lo único que me echa para atrás, pues justificando las ideas injustificables, y vistiendo la homofobia de la Iglesia como moral distinta no se hace sino darle alas a elementos como Obispos de Alcalá y sus secuaces. Muy de moda el tema en España, sirve para reflexionar el daño que se le hace a muchos jóvenes y no tan jóvenes con la manía de que los otros vivan como uno quiere. Aunque la Iglesia no es sino una justificación, una forma de presión para los que a falta de inteligencia intentan mantener el poder por medios coactivos, películas como Identidad Borrada son cada vez más necesarias para los complacientes que sonríen ante noticias de abusos por parte de las iglesias como una travesura de curillas inocentes.

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Stan & Ollie

La crítica la puso bastante bien, aunque luego en la temporada de premios se comió un rosco. Stan & Ollie siempre serán para nosotros El Gordo y El Flaco, aquellas pelis que llenaban las tardes de nuestra tele en la infancia y que uno recuerda de forma entrañable. No analizábamos demasiado la calidad de las historias ni las virguerías cinematográficas. Simplemente las disfrutábamos y disfrutábamos de esos actores que eran como parientes lejanos divertidos. Nunca nos preguntamos que fue de ellos, ni había libros llenos de reseñas de escándalos y caídas en desgracia como muchas estrellas de Hollywood.

Tal vez por eso uno recibe con una sonrisa y con agrado una peli sobre ellos. Luego descubres que no es una obra sobre la etapa feliz, sino sobre su decadencia, y un episodio concreto sobre su gira en el ocaso por Gran Bretaña. Llena de nostalgia y de sabor agridulce, se hace grande por unos actores que nos hacen revivir aquellos personajes. Que John C. Reilly es uno de esos actores que todo lo hace bien ya lo sabíamos, aunque el ser tan camaleónico le hace poco popular (el Mr Cellophane de Chicago era de lo mejor de la función). Steve Coogan te suena la cara, pero no lo tienes tan fichado. En la peli, los dos son El Gordo y El Flaco. Y punto. Son lo mejor y la razón de ser de la película. Y en otro año donde Hollywood no hubiera estado tan obsesionado con ser políticamente correcto y llenar escenarios de premios de actores de color que nadie conoce, alguno de ellos hubiera formado parte de esas listas.

Sin embargo, Stan y Ollie te deja el mismo sabor amargo de las películas originales de aquellos cómicos: quieres quererlos, la ves con agrado, te interesas por ellos y su vida, pero falta algo que te deje huella y que la haga una gran obra. No sé si sus vida tal vez eran demasiado “normales” para una película, o el director no ha sabido transmitir todo lo que los actores ofrecen, pero el caso es que las anécdotas y las actuaciones pasan por nuestra retina ni emocionarnos como debiéramos y llega un momento donde te das cuenta que no es la película memorable que deseabas sobre unos personajes de tu infancia.

En definitiva, interesante por las actuaciones y por conocer más de que fue de unos iconos de la comedia cuando la luz se apagó, pero resulta al final rutinaria y poco estimulante. Sin embargo, me sirve una vez más para reflexionar sobre que, en un mundo donde la oferta multimedia es infinita, donde se multiplican plataformas lowcost que ofrecen sucedáneos de originales para decir lo modernos que somos, hechas en falta un canal o medio donde se ofrezcan aquellas películas de los 20, 30 y 40 que crearon lo que es el cine hoy en día, que nos las contextualicen de una forma reposada y despierten la curiosidad por artesanos que crearon el lenguaje cinematográfico de masas. Tal vez es que me he hecho viejo, pero me llama la atención como los jóvenes de hoy en día acceden a Pretty Woman como la peli más antigua que pasan por la tele, y jamás lleguen a disfrutar de El Gordo y el Flaco, por muy simplistas que fueran sus gags.

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Cafarnaúm

“¿Por qué has denunciado a tus padres?. Por haberme dado la vida”. La excusa de la denuncia es para mostrar la vida en los barrios marginales de Beirut, donde se mezclan pobreza y refugiados para sobrevivir día a día. Donde los padres tienen hijos sin unas condiciones mínimas para su cuidado. Y la película no juzga, solo muestra. Los padres tienen hijos porque les han enseñado que es un orgullo. Ceden en matrimonio a su hija de 11 años porque va a tener una vida mejor y va a comer. Todo es muy confuso, pero lo único importante es que hay que sobrevivir otro día, y que el amor es debilidad. La mejor parte de la película es la historia de ese niño y ese bebé sobreviviendo solos. Por lo que se ve se rodó mucho en las calles sin que nadie se diera cuenta, y la gente ni miraba a ese niño tirando de un carro de cacharros con un bebé dentro. Fantásticos los actores infantiles, no olvidemos que Cafarnaúm es la ciudad donde Jesús pasó su infancia. La crítica la ha tildado de hacer pornografía de la miseria, y la directora ha contestado que ella ha suavizado la realidad, que esos críticos que escriben desde elegantes cafés en París deberían acercarse a los barrios de refugiados de Líbano. Aún estamos en febrero y ya tengo dos películas de esas que engrosan listas de los mejor del año: La Favorita y esta Carfarnaúm. Cuando la gente critica los festivales de cine, y los premios Oscar en particular, siempre digo que gracias a ellos películas como éstas llegan a salas de ciudades más allá de Madrid o Barcelona. Por cierto, si quieres ir al cine a pasar el rato NO vayas a ver Cafarnaúm.

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Green Book

A veces hay que reivindicar lo liviano. Mal que nos pese, España ha estado pendiente de un niño caído en un pozo, pero la sociedad española ignora todos los muertos en el Mediterráneo por la desidia de los países europeos. A muchos les llegan las consignas tremendista de politiquillos alarmistas sobre Venezuela, mientras ignora lo que pasa en El Salvador o Arabia Saudita. Nos deslumbra la modernidad de un Uber frente a la imagen de El Fary de muchos taxistas, antes que analizar el trasfondo de la lucha por los derechos laborales. Por todo ello, si queremos hacer llegar un mensaje sobre racismo, homofobia y prejuicios, siempre es más fácil un mensaje simple y directo a lo Ana Rosa que un análisis profundo al estilo En Portada de la 2. Somos así. Todo está en donde poner el límite, y la elegancia y el estilo con que lo hagamos. En este caso Green Book es lo que se conoce como una “good feeling movie”. Una película donde se tratan temas de actualidad pero desde una perspectiva ligera, un poco superficial, y hasta previsible, pero sin duda efectiva. Sin embargo, no cae tan bajo como otras producciones algo más “Susanna Griso” como fue por ejemplo “El Mayordomo”, sino que su propuesta en ningún momento resulta condescendiente. Tal vez previsible, un poco lineal y ligera, pero elegante y muy entretenida. Claro que de todo ello tienen un poco la culpa sus protagonistas. Los auténticos héroes son Mahershala Ali y sobre todo un Viggo Mortensen que infunde una tremenda humanidad a su personaje sin caer en la parodia, y eso que como actor nunca ha sido santo de mi devoción, resultándome siempre un poco pedante y afectado en sus papeles. No el darán el Oscar precisamente por hacer su personaje tan cercano, dando la imagen de ningún esfuerzo en su composición, pero desde luego es merecedor del premio.
En definitiva, una película que da justo lo que uno espera que va a ofrecer. No hay sorpresas ni giros inesperados, pero sales con una sonrisa del cine. Te preguntas si para la historia que cuenta era realmente necesaria más de dos horas de metraje, pero ya se sabe qué hoy en día la concreción no es un valor en alza en el cine.
No será una obra maestra que alaben críticos en festivales sesudos como Roma, pero sinceramente, a veces prefiero que me manipulen un poco para disfrutar en la sala, que intentar por todos los medios entender por qué una historia donde no hay clímax dramático tiene que hacerme sentir algo por mucho que sea en blanco y negro y hable de gente ninguneada.

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La Favorita

¡Por fin una película de calidad para adultos en un cine!. Una película que no es ni remake, ni reboot, ni cualquier otro anglicismo de moda. Que no es Disney, ni saga, si secuela ni Marvel ni cualquier otro superhéroe. La Favorita es eso y más. Cuando parece que el cine de tacitas ha fagocitado cualquier adaptación de época, llega un griego de nombre impronunciable y nos da una lección de cine. Una fotografía impactante que con sus ojo de pez acentúa el esperpento de la vida cortesana del siglo XVIII, a la vez que nos hace disfrutar de ese pecado inconfesable que tenemos todos de mirar por las cerraduras para ver que se cuece en una habitación. Una iluminación que muchas veces nos hace pensar en Kubrick y su Barry Lindon. Unos barridos de cámara que va más allá del teatro filmado en el que pecan esas películas sobre la corte europea. Y sobre todo, por encima de todo, unas actrices fantásticas que están en su salsa. Olivia Colman, a la que no conocía, espectacular como la reina Anne. No darle un Oscar va a ser el mayor error de la próxima edición, como fue no dárselo en su momento a Glenn Close por Las Amistades Peligrosas. Rachel Weisz, esa fantástica actriz cuyo mayor delito es no recibir papeles en películas a su altura (en Desobedience estaba genial como siempre, pero no llega a todos los públicos). Y Emma Stone que una vez ganado el Oscar por La La Land, en vez de acabar siendo la comparsa de un superhéroe a cambio de un talón, ha buscado nuevos retos a su meteórica carrera. Pena no se puede dar el Oscar a estas dos últimas a la vez. La Favorita es una película sobre intrigas, donde las mujeres son las que llevan la voz cantante y los hombres son títeres de ellas, payasos que se divierten maquillándose, poniéndose pelucas extravagantes, y dejándose mandar a guerras mientra ellas luchan por sobrevivir en el mundo cruel de palacio. Unas amistades peligrosas donde el triunfar no es siempre sinónimo de ganar, y puedes acabar como los conejos de la reina sustituyendo pérdidas o vacíos en tu vida. Por desgracia la mayoría se la perderá porque no viene publicitada por Netflix u otra plataforma de moda que te diga lo que debes ver mientras dure la siguiente tendencia.

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La Forma del Agua

Desde que vi La Forma del Agua he dejado pasar tiempo para saber realmente que pienso de esta película, y todavía no lo tengo muy claro. Guillermo del Toro es un señor que cae bien y uno tiende a ver benevolente con su obra, aunque no comparta absolutamente nada con Pacific Rim, Hellboy o Blade II más allá que un desagrado visceral, cuestión de gustos. En cambio, alguien que ha hecho El Laberinto del Fauno (2006) ya merece toda una carrera. Y éste es justo el primer escollo para La Forma del Agua: me huele a revisitación de aquella fábula a la imaginación.

Revisitación sí, pero con un diseño de producción que quita el hipo. Ya desde que ves el apartamento de Elisa sabes que todo va a estar rodeado de una magia especial. Luego la música que ha compuesto Alexandre Desplat es capaz de hacer hasta de Torrente una obra poéticamente sublime. Su Oscar es el único que sería un auténtico robo, y se ha añadido otra melodía para el recuerdo cinematográfico.

En conjunto todo, todo, suena a medido y redondo. Las actuaciones están en estado de gracia, y si Sally Hawkins no se lleva la estatuilla dorada es por esa manía que se ha cogido de que Frances McDormand haciendo de Frances MacDormand es más merecedora del premio. Y no es la única. El papel de Richard Jenkins es precioso, y él le añade una humanidad que lo saca de la simple caricatura. Con El Visitante (2007) y ahora su papel de Giles, el artista solitario, me ha ganado como uno de mis actores admirables. El momento en que Giles se mira en el espejo y no comprende como ha llegado a viejo y solo es memorable.

Y es que Guillermo del Toro no se limita a contar un cuento de hadas adulto, que ya es mucho, sino que cada personaje, desde la protagonista hasta el más pequeño tiene su pequeña película dentro de la película. Traza perfecto los personajes, los caricaturiza cuando debe en pos de la fantasía, pero en conjunto nos habla de marginados, distintos, de supuestamente perdedores. Es ahí donde La Forma del Agua, más allá de lo puramente visual, adquiere un nivel superior a la mayoría de las películas que nos llegan habitualmente. La limpiadora huérfana muda, la limpiadora de color con un marido abusador e inútil, el ser diferente usado para la investigación… hasta el malo es un caricatura de lo que se exige a un blanco caucásico como Dios manda y lo que la realidad impone.

Claro que Guillermo del Toro, en contraposición, nos exige que aceptemos sus reglas. Sus salidas de tono que rompen el clima, un guión que no sabes porqué pero hay algo que no cuadra, su salto de misterio a drama y a comedia un tanto bruscamente… Pero si entras en su mundo lo disfrutas como nadie, pues reconoces su pasión en lo que hace y su amor al cine.

Mi mayor problema es que, a pesar de todas estas maravillas, hay algo que me falta. Y es lo que tenía el Laberinto del Fauno. Me cuesta definirlo, pero es una magia que te envuelve, un sentimiento que te queda como un pozo cuando acaba la filmación y te acompaña a partir de ese momento en el recuerdo. Ese algo, que a pesar de su imperfección y los años, hace que siga dejando un hueco especial en nosotros la historia de Ofelia, esa niña de 13 años que se movía entre Faunos y mandrágoras. No sé… el tiempo dirá. Mientras, ¿les he contado esa maravilla que es escuchar toda la banda sonora de Desplat?

Reflexión final: ¿Se está convirtiendo el cine de género, terror o fantasía, en el reducto de la imaginación para contarnos cosas sin escapar a los circuitos minoritarios? Es un camino que hace años lleva el cine de animación. Si lo cuentas con dibujos o con monstruos asusta menos a los que ponen el dinero para las películas. De ahí obras como La Forma del Agua o Déjame Salir. Y es que la censura (de ideas o económica) siempre ha avivado la imaginación.

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